Realidad e irrealidad en Pedro Páramo

analisis literario de pedro paramo

Tras la publicación de los cuentos recogidos en El llano en llamas en 1953, Juan Rulfo publicó una novela en 1955, Pedro Páramo, con la que abrió nuevas perspectivas en la narrativa mexicana e hispanoamericana. La superación del viejo "criollismo" (identificado inmediatamente en el libro por Mario Benedetti, uno de sus primeros comentaristas36) era ya un hecho concreto.

El telurismo de la narrativa americana que había estado en boga hasta entonces fue sustituido por la clara preeminencia del hombre como centro del mundo. A la realidad humana subrayada por el realismo se superpone una dimensión mítica que tiene el poder de animar a los personajes, de profundizar en su significado espiritual.

Con Rulfo y su novela, la novela documental de la revolución mexicana, ya dominada por Mariano Azuela y Martín Luis Guzmán, sus máximas expresiones, terminó, se cerró "con llave de oro", como dijo Carlos Fuentes.

La presencia de los mitos clásicos ha sido destacada en Pedro Páramo por gran parte de la crítica. Fuentes vio en el libro una compleja serie de resurgimientos de este tipo y en Juan Preciado en busca de su padre un nuevo Telémaco en busca de Ulises, mientras que en la madre y amante que le guía representó una nueva Jocasta-Eurídice "que conduce al hijo y amante, Edipo-Orfeo, por los caminos del infierno.

La búsqueda del padre ha sido definida por Julio Ortega como una "metáfora o hipérbole" que combina varias posibilidades de la realidad, la conquista o la pérdida de la realidad, una metáfora al revés, ya que el padre buscado está muerto, el mundo no existe, el protagonista se mueve entre voces y visiones, y muere en el terror de esa misma realidad que le rodea.

Pero la atmósfera mítica de Pedro Páramo no procede tanto de la reactualización, y posible trastocamiento, de los mitos clásicos, como de la atmósfera de realidad-irrealidad que lo impregna todo, cada personaje, de haber hecho de Comala un mundo que se cierne entre lo concreto y lo "fantasmal", entre la presencia del volumen y la ausencia de todo peso en la pura dimensión de la sombra, en un Hades que es la única y verdadera realidad del pueblo.

Los vínculos con la literatura "de ultratumba" pueden buscarse a voluntad en Pedro Páramo, pero no será posible fijarlos con ese precedente externo y casual con el que el vínculo sólo es posible por un dato meramente material, el de hacer de las sombras de los muertos los protagonistas del libro.

Hugo Rodríguez-Alcalá también ha intentado ciertas comparaciones (en parte por divergencia) con Dante y la Divina Comedia, pero sin resultados convincentes.

Más bien se puede pensar en una influencia de Quevedo y los Sueños, aunque Pedro Páramo carece del tono lúgubre del escritor español y sobre todo de la intención cruelmente "escarmentadora".

La originalidad del libro de Rulfo se afirma cuanto más se busca rastrear las fuentes, los puntos de partida externos, cuando se intentan las comparaciones, las influencias sondeadas, inexistentes en un sentido concreto.

Antes de Pedro Páramo, la literatura en español de ambos lados del Océano no tenía precedentes en el sentido de una fusión tan completa de lo real y lo irreal, en la plasmación de una sustancia humana decididamente dañada, que es una contribución profunda y sentida a la denuncia de un mundo bien definido en sus límites geográficos, el mexicano, y sin embargo ampliamente superado en cuanto al significado que asume el problema.

El tema de la búsqueda del padre, una alusión más amplia al de los propios orígenes, domina la existencia del hombre, condicionando su desarrollo espiritual.

En un momento u otro de la vida, cada persona se siente huérfana en el mundo y trata de reconstruir los vínculos con su propia matriz. El significado mítico de la figura del padre ayuda a disipar la sensación de orfandad en la que el hombre se siente náufrago.

La madre es un hecho adquirido que le acompaña constantemente. La búsqueda se dirige siempre con angustia al restablecimiento de la semilla de la que se originó. Juan Preciado va en busca de su padre para encontrar en su encuentro no tanto al ser responsable de su sufrimiento y el de su madre, sino a aquel del que, con su redescubrimiento, vendrá su plenitud en el mundo de los hombres, el borrado de la mancha, el restablecimiento de un equilibrio del que aún carece.

Su viaje no parte del rencor, no está guiado por ese "cóbraselo caro" que su madre le deja como testamento de venganza en sus últimas palabras, sino de la esperanza de encontrarse con su padre, la razón de su existencia, un momento definitivo de plenitud restablecida que cancela el largo olvido del que se queja la mujer; Un momento de plenitud que, quizá sin clara conciencia, la propia madre prevé para su hijo cuando dice: "Estoy segura de que le dará gusto conocerte".

El encuentro entre el hijo y el padre no llegó a producirse. Juan Preciado conoce a Pedro Páramo a través de los testimonios de personas que estuvieron presentes en el suceso, las evocaciones de los difuntos habitantes de Comala, que tuvieron que ver, en vida, con el terrible maestro de La Media Luna.

El motivo del viaje es inmediatamente denunciado por Preciado en la apertura del libro: "Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo ". Y continúa este viaje, a pesar de enterarse por un compañero fortuito, el arriero Abundio (otro hijo de Pedro Páramo), de que su padre es un "niño vivo ", que murió "hace años" y que en el pueblo del horizonte no vive nadie.

La respuesta a esta obstinada búsqueda, una vez desaparecido el motivo determinante de la misma, radica en la necesidad de reconstruir el propio origen con la figura del padre.

Incluso sin la presencia concreta del progenitor, se puede reconstruir el origen de Juan Preciado, eliminando su condición de orfandad. Luego está la voz-guía de la madre, la promesa hecha a ella, la identificación del hijo con su madre. En efecto, las cosas se muestran a Juan Preciado en la inquietante realidad del lugar infernal que es Comala, pero son continuamente contrastadas por el recuerdo evocador de la descripción materna, una idealización de un mundo feliz: "Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver".

Y si Comala vive en un clima de calor insoportable, entre vapores ardientes y tonos grises, verdadera antesala o prefiguración del infierno, la visión idílica de la madre resiste en el protagonista. El resultado es el refuerzo, en el contraste, del significado negativo del cambio que se ha producido, la pérdida de un paraíso que la maldad del hombre, el pecado, han transformado en un infierno.

Para Juan Preciado, Comala es un mundo condenado: "Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno ". Perdidos en la falta de aire, inmersos en un calor inusual - "Habíamos dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo en el puro calor sin aire " el pueblo parece estar esperando una catástrofe, siempre inminente: "Todo parecía estar como en espera de algo ".

Rulfo es experto en presentar estas atmósferas suspendidas, preñadas de posibilidades negativas. El propio emplazamiento del valle, al que conduce una carretera que ambiguamente "sube o baja según se va o se viene "  representa un mundo hueco, como aislado del resto de la tierra, flotando en una atmósfera irreal. Al fondo se encuentra la ciudad de los muertos, Comala.

La atmósfera infernal del lugar es acentuada hábilmente por el escritor mediante el contraste, constantemente recordado, con la idealización maternal, que domina los sentidos y el espíritu de Juan Preciado:

Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver: "Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche". Y su voz era secreta, casi apagada, como si hablara consigo misma... Mi madre»

Parece dudoso que Juan Preciado crea realmente en la realidad de la visión de su madre. Y, sin embargo, parece aferrarse a ella como un ancla de salvación; La visión adquiere para él el significado de un compañero fortificante a lo largo del inquietante viaje.

Esta visión, ahora con la adición de nuevos detalles, ahora más concisa en sus alusiones, se prolonga a lo largo de la novela, siendo uno de los motivos que más contribuyen a su unidad. En dos niveles diferentes pero convergentes, se crea una atmósfera lírica fruto de la inocencia y el recuerdo, y en otro nivel un clima cruelmente negativo que tiene su origen en la violencia y la culpa.

Sólo al final de la novela el lector se entera de la razón de la transformación de Comala: cuando muere Susana, la única mujer amada por Pedro Páramo, el insistente repique de campanas hace que algunos crean que es una fiesta y empiecen a divertirse; el hombre terrible decide entonces matar al pueblo:

Don Pedro no hablaba. No salía de su cuarto. Juró vengarse de Comala:

-Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre.

Y así lo hizo»

La larga suspensión de la explicación de este y otros muchos hechos mantiene tensa la atención del lector, atrapado en una trama aparentemente confusa, continuamente fragmentada, interrumpida y reanudada.

La situación de Comala recuerda, otros lo han mencionado, a la historia Luvina de El llano en llamas. El color gris y desesperanzador de la historia se repite en Pedro Páramo. A diferencia de Comala, Luvina es un pueblo asentado sobre un "lomerío pelón, sin un árbol, sin una cosa verde para descansar los ojos, todo envuelto en el calín ceniciento".

En la novela Rulfo invierte la perspectiva, pero tanto Luvina como Comala son el reino de la tristeza, la imagen del "desconsuelo ". El protagonista narrador de Luvina llega al pueblo, como Juan Preciado en Comala, acompañado de un arriero; ambos se quedan solos de repente en un lugar desierto, sin ruidos, deshabitado. El mismo clima, pues, o, como ha escrito Benedetti, una historia "fronteriza entre la vida y la muerte, en la que los fantasmas se codifican desaprensivamente con el lector hasta convencerlo de su provisoria actualidad ".

Pero Pedro Páramo desarrolla en extensión y profundidad los rasgos estructurales y estilísticos, los motivos apenas insinuados en el relato. La verdadera dimensión de Juan Preciado comienza a definirse cuando, sin pensar realmente en cumplir la promesa que hizo a su madre, empieza a llenarse de sueños, a cultivar ilusiones y a abrirse a la esperanza:

"Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala"

En su aventura hacia la ilusión y la esperanza, Juan Preciado está condenado al fracaso. El mundo del que procede contrasta fuertemente con el que encuentra en Comala; porque el primero es un mundo de sentimientos, el segundo de resentimientos, de rencores.

La búsqueda de su padre continúa, pero queda inconclusa, concretamente, porque el propio Juan Preciado es engullido por el mundo fantasma de Comala y, hacia la mitad del libro, cruza la frontera entre la realidad y la irrealidad. A la difunta Dorotea le declara: "Es cierto, Dorotea. Me mataron los murmullos ". Y de nuevo, como cuando estaba vivo, vuelve el recuerdo de las palabras de su madre, evocando un paisaje idealizado en el que los momentos del día y de la noche se repiten de la misma manera, "pero con la diferencia del aire ", donde la vida se transforma en murmullo:

"Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un puro murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida..."

Los límites entre el mundo real y el mundo de las sombras se van eliminando en Pedro Páramo. Desde las primeras páginas el escritor crea en el libro una vaga atmósfera de desconcierto, que prolonga a lo largo de la novela; En ella los hechos y personajes del mundo sensible se funden y mezclan con los de un mundo de muertos que siguen removiéndose en la tierra, recordando sus asuntos humanos, interesándose por lo que ocurre en la superficie de la corteza terrestre. En la otra vida mantienen las apariencias y el volumen humanos, pero no respetan las fronteras. En Comala, un mundo entre lo concreto y lo irreal, los vivos y las formas de los muertos coexisten.

A lo largo de la primera mitad de la novela, es decir, hasta la muerte de Juan Preciado, ya que el libro no está dividido en partes y capítulos definidos, sino que es una única sucesión de momentos, separados por espacios en blanco- el lector sólo percibe vagamente los límites entre la realidad y la irrealidad.

La aparición y posterior desaparición de Abundio, el guía de Juan Preciado, parece misteriosa. En el pueblo desprovisto de ruido, el protagonista percibe una ausencia de vida que le perturba, aún no es consciente de que el pueblo está deshabitado, pero a la hora de los juegos de los niños -como siempre había visto en Sayula, donde había vivido- la falta de vida le impacta.

La insistencia con la que el escritor subraya los sonidos vacíos, los ecos solitarios, el sonido de los pasos, hace que se adhiera al lector la atmósfera inquietante de un mundo en el que, precisamente por la ausencia de vida, cualquier cosa puede suceder62, la atmósfera preñada de posibilidades imprecisas que se anuncia en las primeras páginas se concreta:

"Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer"

El primer encuentro de Juan Preciado en Comala es con una dama "envuelta en su rebozo que desapareció como si no existiera ". La mujer desaparece, pero luego reaparece deseándole buenas noches, y cuando el joven le pregunta dónde está la casa de Eduviges Dyada, sólo se lo indica con un gesto.

Aunque Juan Preciado, al considerar que la mujer tiene las características de los vivos, se tranquiliza sobre la existencia del pueblo, la atmósfera de irrealidad persiste y se acentúa, él mismo va asumiendo dimensiones irreales.

El silencio es una de las presencias más importantes en el mundo de Comala, como lo es en un mundo carente de vida. La "normalidad" de Juan Preciado se desvanece poco a poco, indeciso, desorientado entre la realidad y la irrealidad, siente su cabeza llena de ruidos y voces, más claramente perceptibles en un lugar de aire enrarecido: "De voces, sí. Y aquí, donde el aire era escaso, se oían mejor. Se quedaban dentro de uno, pesadas..."

Las facultades de Juan Preciado ya no son facultades actuales. Hay algo que recuerda de repente y que le ofrece una vaga explicación del fenómeno, lo que le dijo su madre cuando aún vivía:

"Me acordé de lo que había dicho mi madre: "Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz". Mi madre... La viva

La situación irreal del protagonista se acentúa a través de la percepción del mensaje de los muertos, en el que domina el recuerdo de la vida. El desconcierto del mundo en el que se encuentra Juan Preciado en Comala se traduce en su denunciada inestabilidad, en la confusión de formas y volúmenes.

Frente a la memoria dominante del mundo que le ha transmitido su madre, hay una realidad vaga y "burguesa". El reproche que el hijo querría hacer a la mujer, de haberle dado la dirección equivocada - de haberle enviado, es decir, al "donde es esto y donde es aquello". A un pueblo solitario. Buscando a alguien que no existe "67-, define aún más la atmósfera suspendida en la irrealidad.

Tras comprobar la inexistencia de la realidad que esperaba, Juan Preciado parece haber agotado su viaje en el fracaso; sin embargo, continúa su camino, porque se siente atraído por el mundo misterioso que percibe vagamente y en el que se ve inmediatamente envuelto.

La atmósfera de irrealidad y misterio la define aún más el escritor con las aportaciones posteriores. Cuando el protagonista llega a la casa de Eduviges Dyada y se dispone a llamar a la puerta, ésta se abre "como si el aire la hubiera abierto "

Por su parte, Eduviges, que parece esperarle, afirma que ha sido informado por la madre de Juan de su llegada, aunque, extrañamente, no está al corriente de su muerte; digo extrañamente porque luego nos enteramos de que cuando la mujer habla con Juan Preciado ya está muerta.

Esta aparente extrañeza tiene en realidad la función de prolongar el malentendido, es decir, la impresión, no sólo en la protagonista sino también en el lector, de que doña Eduviges sigue viva; habla y se mueve, de hecho, como lo haría un ser vivo.

Así, los límites entre lo real y lo irreal se difuminan cada vez más, entre otras cosas por la revelación del "sexto sentido" que dona Eduviges dice poseer y que le permite recibir, en vida, mensajes del mundo de los muertos70. Cuando la encontramos conversando con Juan Preciado, percibe de repente el galope del caballo que llevó a Miguel Páramo a la muerte. En el presente fantástico se insinúa un pasado que se hace actual.

Doña Eduviges cuenta a su interlocutor cómo se produjo la muerte del hijo de don Pedro, cuando éste saltó con su caballo una valla levantada por su padre, cuando se dirigía a visitar a la mujer de su corazón; de repente, por la noche, oyó la presencia del hombre en la ventana y mantuvo con él una conversación en la que intentó convencerle de su muerte.

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